En entrevista con Manavisión Plus, el médico familiar Irving Buitrón explicó que las enfermedades hepáticas representan un problema de salud creciente, especialmente en épocas donde aumentan los excesos alimenticios y el consumo de alcohol. Señaló que el principal objetivo médico es evitar que los pacientes lleguen a etapas avanzadas como la fibrosis o la cirrosis.
Detalló que la fibrosis implica un cambio estructural del tejido hepático, que se vuelve más duro y menos elástico, reduciendo su capacidad funcional. Este deterioro progresivo genera complicaciones adicionales y afecta otros sistemas del organismo, por lo que la clave está en identificar a los pacientes en fases tempranas.
Indicó que existen factores de riesgo bien definidos que elevan la probabilidad de desarrollar fibrosis, entre ellos la diabetes, la obesidad y el aumento persistente de enzimas hepáticas. Estas condiciones, cada vez más frecuentes, obligan a reforzar la vigilancia médica incluso en personas jóvenes.
Nuevas clasificaciones y causas múltiples
Buitrón explicó que en los últimos años la terminología médica ha cambiado. En 2025 se actualizó el concepto de hígado graso, integrándolo dentro de la llamada enfermedad hepática asociada a disfunción metabólica, que agrupa múltiples causas y no solo el consumo de alcohol.
Esta clasificación incluye a personas con dietas altas en grasas, sedentarismo, sobrepeso, así como a quienes presentan enfermedades virales como la hepatitis B. Todas estas condiciones pueden llevar primero a fibrosis y posteriormente a cirrosis si no se detectan a tiempo.
Resaltó que, a diferencia de etapas avanzadas, estas enfermedades pueden prevenirse y revertirse parcialmente cuando se identifican de forma oportuna, antes de que el daño hepático sea irreversible.
Prevalencia creciente y edades de riesgo
El médico señaló que la prevalencia mundial de estas afecciones se concentra a partir de los 30 años, con cifras que oscilan entre el 30 % y el 38 % de la población. En América Latina, advirtió, la tasa puede llegar hasta el 44 %, impulsada por estilos de vida poco saludables.
Este aumento se relaciona directamente con el incremento del peso corporal, la falta de actividad física y las largas jornadas laborales, que dificultan mantener hábitos saludables. Muchos pacientes conviven con la enfermedad sin saberlo, ya que no presentan síntomas evidentes.
Por ello, recomendó iniciar controles periódicos desde edades tempranas, especialmente en personas con factores de riesgo, para evaluar enzimas hepáticas y otros indicadores metabólicos.
Un enfoque integral del paciente
Buitrón subrayó que la medicina actual aborda al paciente de forma integral y no por órganos aislados. En casos como la diabetes o la hipertensión, el objetivo no es solo controlar cifras, sino prevenir complicaciones futuras como daño renal, cardiovascular o hepático.
Explicó que modificar el estilo de vida puede retrasar o incluso evitar tratamientos complejos, como la diálisis o intervenciones cardiovasculares. Para ello, el control médico debe anticiparse al daño y no esperar a que aparezcan los síntomas. Indicó que actualmente existen terapias más eficaces, pero siempre recalcó que la prevención sigue siendo la estrategia más accesible y efectiva.
Más allá de dieta y ejercicio
El especialista enfatizó que el cuidado del hígado no depende únicamente de la alimentación y la actividad física. Factores como la salud mental y la calidad del sueño juegan un rol determinante en el metabolismo y en la regulación hormonal.
La falta de descanso adecuado y el estrés crónico elevan el cortisol, lo que interfiere con la regulación de la glucosa y la insulina, dificultando la pérdida de peso y favoreciendo procesos inflamatorios.
Por ello, recomendó incorporar evaluaciones de sueño, estrés, ansiedad y depresión dentro de los controles médicos regulares, como parte de una prevención integral.
Síntomas tardíos y controles necesarios
Buitrón advirtió que cuando aparecen síntomas como coloración amarilla de la piel o picazón generalizada, la enfermedad suele encontrarse en etapas avanzadas. En esos casos, las opciones terapéuticas se reducen considerablemente.
Por esta razón, insistió en la importancia de realizar exámenes de laboratorio completos, que incluyan no solo colesterol y triglicéridos, sino también albúmina, enzimas hepáticas y ecografías abdominales, según el perfil de riesgo del paciente. Estos controles permiten detectar alteraciones metabólicas silenciosas y actuar antes de que el daño sea permanente.
Riesgo cardiovascular y genética
El médico explicó que las enfermedades hepáticas asociadas a disfunción metabólica incrementan el riesgo de infarto y accidente cerebrovascular. Factores como el índice de masa corporal elevado, la circunferencia abdominal, la presión arterial y el colesterol HDL bajo deben ser evaluados de forma sistemática.
También señaló que existen factores no modificables, como la genética, que pueden acelerar la progresión de la enfermedad en ciertos pacientes. Sin embargo, recalcó que los hábitos de vida sí pueden modificarse y marcar una diferencia significativa.
Finalmente, sostuvo que, incluso con nuevas terapias farmacológicas en desarrollo, la prevención temprana, el diagnóstico oportuno y los cambios sostenidos en el estilo de vida siguen siendo la base para evitar la fibrosis hepática y sus complicaciones.
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