Groenlandia, la isla más grande del mundo y un territorio escasamente poblado, se ha convertido en un punto de mira geopolítico de gran valor, especialmente para Estados Unidos. La administración de Donald Trump manifestó un interés explícito en adquirirla, desatando un debate sobre su estratégica ubicación ártica y sus vastos recursos naturales, lo que plantea interrogantes sobre el futuro de esta vasta extensión helada.
Esta enorme isla, con apenas 56.000 habitantes, mayoritariamente inuit, ha sido históricamente un bien preciado. Aunque exploradores nórdicos llegaron en el siglo X, fue en 1721 cuando colonos daneses comenzaron a establecerse, convirtiéndola en territorio danés.
Tras siglos como colonia, Groenlandia se incorporó oficialmente al reino de Dinamarca en 1953, otorgando a sus habitantes la ciudadanía danesa. Sin embargo, en 1979, la isla obtuvo el estatus de territorio autónomo, y 30 años después, un nuevo referendo amplió sus competencias, abriendo la puerta a una posible independencia, una postura respaldada tanto por Copenhague como por el gobierno groenlandés.
Groenlandia, la joya que quiere Estados Unidos
La relevancia de Groenlandia trasciende su geografía. Durante la Segunda Guerra Mundial, sirvió para contener el avance nazi, y en la Guerra Fría, fue clave para controlar las rutas marítimas entre Europa y América del Norte. Hoy, su posición en el Ártico la convierte en un escenario de confrontación entre potencias como China, Rusia y Estados Unidos.
Además de su valor geoestratégico, la isla es extraordinariamente rica en recursos naturales. Un informe reciente identifica depósitos de 38 minerales esenciales, incluyendo tierras raras, hierro y uranio, cuyo acceso se facilita con el deshielo provocado por el calentamiento global. Se estima que estos recursos podrían valer hasta 4,4 billones de dólares, aunque la explotación es compleja debido al clima hostil y la falta de infraestructura.
El presidente estadounidense Donald Trump describió la posible adquisición de Groenlandia como una "gran operación inmobiliaria", un interés que no es nuevo para Estados Unidos. Ya en 1868, el secretario de Estado William H. Seward consideró comprar la isla, aunque sin formalizar una oferta.
Más tarde, en 1946, el presidente Harry Truman ofreció 100 millones de dólares en lingotes de oro, una suma que hoy equivaldría a unos 1.600 millones de dólares o, ajustada al PIB de la época, a unos 12.900 millones de dólares.
¿Costo fuera de alcance?
Determinar el 'precio' de Groenlandia es un ejercicio complejo. Si bien el valor de sus recursos minerales explotables se estima en 186.000 millones de dólares, una valoración inmobiliaria, comparándola con Islandia, podría elevar la cifra a 2,76 billones de dólares.
No obstante, el derecho internacional moderno ha transformado la noción de territorios como bienes negociables. La afirmación de los Estados-nación y el principio de autodeterminación de los pueblos hacen que la idea de una compraventa territorial sea anacrónica.
En un comunicado conjunto, naciones europeas como Italia, Francia, Alemania, Reino Unido, Dinamarca y España dejaron clara su postura: "Groenlandia pertenece a su pueblo: corresponde a Dinamarca y a Groenlandia, y solo a ellas, decidir sobre las cuestiones que les conciernen".
A pesar de la negativa danesa y groenlandesa, la Casa Blanca ha evaluado diversas opciones para hacerse con el control de la isla, incluyendo el uso de la fuerza.
Opciones de Estados Unidos para Groenlandia
Una operación militar relámpago, aunque de consecuencias monumentales, podría ser factible dada la escasa población de Groenlandia y la limitada capacidad de defensa danesa en un territorio tan vasto.
La isla no posee fuerzas armadas propias, y su defensa recae en Dinamarca, que, si bien ha aumentado su gasto en la región ártica, cuenta con recursos aéreos y navales limitados. La Patrulla Sirius, una unidad especial danesa, se encarga de vigilar grandes extensiones, principalmente en trineos tirados por perros.
La compra de Groenlandia, aunque es la opción preferida por el gobierno estadounidense según fuentes cercanas, enfrenta un obstáculo fundamental: la isla no está en venta.
Incluso si Dinamarca considerara una transacción, requeriría la aprobación del Congreso de EE. UU. (dos tercios del Senado) y de la Unión Europea, un escenario altamente improbable. Las encuestas indican que, si bien los groenlandeses desean la independencia de Dinamarca, no quieren formar parte de Estados Unidos.
Sin embargo, Washington podría intensificar sus esfuerzos para ganarse el favor de los isleños mediante incentivos financieros o promesas de beneficios económicos futuros, e incluso se ha sugerido que agencias de inteligencia estadounidenses han incrementado la vigilancia sobre el movimiento independentista groenlandés para identificar posibles aliados.