Amanecía en Sudáfrica y no todos despertaban con los mismos derechos. Para la minoría blanca, el día comenzaba con certezas: voto, trabajo, barrios ordenados, playas limpias. Para la mayoría negra, en cambio, la mañana traía controles policiales, salarios más bajos y la obligación de recordar —incluso antes de salir de casa— que ese país no estaba hecho para ellos. Así funcionó el apartheid: un sistema que no solo separó razas, sino que normalizó la desigualdad como si fuera una ley natural.
El apartheid nació oficialmente en 1948, cuando el Partido Nacional, dominado por afrikaners —descendientes de colonos holandeses—, llegó al poder. Pero sus raíces eran mucho más antiguas. Desde la colonización europea, primero portuguesa, luego holandesa y finalmente británica, la segregación ya estaba presente. El apartheid no inventó el racismo en Sudáfrica: lo convirtió en un entramado legal minucioso, frío y eficaz.
Las leyes a favor de los blancos
Durante décadas, el Estado aprobó más de 300 leyes destinadas a garantizar la supremacía blanca. La población fue clasificada por razas: blancos, negros, mestizos e indios. Esa etiqueta definía dónde se podía vivir, estudiar, trabajar o incluso amar. Blancos y negros no podían casarse, compartir un autobús, usar el mismo baño público ni caminar por la misma playa. La vida cotidiana se transformó en un mapa de prohibiciones.
Uno de los pilares del sistema fueron los bantustanes: territorios asignados a la población negra, alejados de las ciudades, pobres en recursos y saturados de gente. Millones de personas fueron expulsadas de sus hogares y reubicadas a la fuerza. Oficialmente, el régimen los presentaba como “estados independientes”; en la práctica, eran reservas de mano de obra barata y sin derechos políticos.
La educación también fue una herramienta de control. Con la Ley de Educación Bantú, el gobierno se aseguró de que los niños negros recibieran una formación de menor calidad. No se trataba de descuido, sino de estrategia: el sistema no quería ciudadanos críticos, sino trabajadores obedientes. El mensaje era claro y brutal: había quienes nacían para mandar y quienes nacían para servir.
Las protestas y las muertes en Sudáfrica
La represión fue el complemento inevitable de estas leyes. La policía vigilaba, detenía y encarcelaba a quienes no portaban los “pases” obligatorios para circular por zonas blancas. Protestar significaba arriesgar la vida. El episodio más trágico ocurrió en 1960, en Sharpeville, cuando la policía abrió fuego contra manifestantes pacíficos: 69 personas murieron. El mundo miró, horrorizado, a Sudáfrica.
Pero el apartheid nunca fue aceptado en silencio. Desde 1912, el Congreso Nacional Africano (CNA) articuló la resistencia, primero pacífica y luego también armada, frente a la violencia del Estado. Nelson Mandela emergió como uno de sus líderes más visibles. Su encarcelamiento en 1962 y su condena a cadena perpetua buscaban apagar una esperanza; terminaron convirtiéndolo en un símbolo global.
Mientras tanto, la presión internacional crecía. Sudáfrica fue aislada diplomáticamente, sufrió sanciones económicas y fue excluida de eventos deportivos como los Juegos Olímpicos. Aunque durante años Occidente toleró el régimen por intereses geopolíticos, el apartheid se volvió indefendible. La economía se resquebrajó y el conflicto interno se intensificó.
El cambio en la década del 90
A comienzos de los años noventa, el sistema estaba agotado. El presidente Frederik Willem de Klerk entendió que sostener el apartheid era conducir al país al colapso. En 1990, Mandela fue liberado tras 27 años en prisión. Un año después, las leyes segregacionistas fueron abolidas. En 1994, Sudáfrica celebró sus primeras elecciones democráticas multirraciales. Mandela ganó y el mundo contuvo la respiración.
Lejos de buscar venganza, el nuevo presidente apostó por la reconciliación. La Comisión de la Verdad y Reconciliación intentó enfrentar el pasado sin repetirlo. No fue un camino fácil ni perfecto, pero marcó un giro histórico.
El apartheid dejó cicatrices profundas que aún se sienten. Sin embargo, su caída demostró que incluso los sistemas más injustos pueden derrumbarse cuando la resistencia, la presión y la voluntad de cambio convergen. Sudáfrica, por fin, comenzaba a aprender a mirarse como una sola nación.